Toda imagen es una operación térmica que consume energía, desgasta materia y eleva la temperatura del sistema que la produce. Crear hoy implica participar en una economía de calor donde los flujos de datos sustituyen la representación y transforman la mirada en infraestructura. La visualidad contemporánea arde entre la aceleración tecnológica y el agotamiento de sus recursos, revelando que cada imagen es un residuo energético y una huella política del régimen que la sostiene. //
La AR o realidad aumentada integra elementos digitales en el entorno físico en tiempo real. Se observa mediante dispositivos con cámara y añade capas virtuales que enriquecen la experiencia física. Se aplica en espacios de aprendizaje creación y comunicación y permite vincular lo tangible con lo virtual para generar narrativas híbridas. Existen distintas maneras de visualizar modelos tridimensionales en la vida cotidiana como aplicaciones móviles filtros en redes sociales o programación web y cada una presenta características y requisitos propios. // La VR o realidad virtual sustituye por completo la realidad física con un espacio digital inmersivo. Se experimenta con visores especializados y se enfoca en videojuegos simulaciones y entornos controlados. Este enfoque transporta a las personas a mundos diseñados que existen únicamente en lo digital y abre la posibilidad de explorar realidades alternativas totalmente desconectadas del entorno físico. //
experience
Un ecosistema cibernético es un entramado de relaciones donde lo técnico, lo orgánico y lo social dejan de ser esferas separadas y se vuelven mutuamente constitutivas. No se trata de un conjunto de máquinas que obedecen órdenes humanas, sino de un ambiente total en el que cada elemento —humano, artefacto o proceso natural— participa de circuitos de información, retroalimentación y adaptación continua. En este tipo de ecosistema, la técnica deja de ser una herramienta exterior y se convierte en parte del medio mismo, en una fuerza que organiza la experiencia, regula los flujos vitales y redefine las condiciones de existencia.
La cibernética no describe aquí solo un método de control, sino una forma de vida técnica: un modo en que lo inorgánico adquiere propiedades organizativas, aprendiendo, ajustándose y respondiendo al entorno. Así, los sistemas digitales, las redes y los algoritmos funcionan como organismos simbióticos que configuran un ambiente tecnológicamente viviente. Lo que emerge no es una simple red de comunicación, sino una ecología compleja de dependencias y transformaciones recíprocas entre materia, información y conciencia.
Este ecosistema cibernético constituye el nuevo medioambiente de la modernidad tardía. La naturaleza se encuentra atravesada por infraestructuras técnicas que la modulan, la traducen y la gobiernan; la vida humana se vuelve inseparable de los dispositivos que la sostienen y la registran. Cada acción deja huella y cada huella se reabsorbe en el sistema, alimentando nuevos procesos de cálculo y predicción. Lo técnico se vuelve el clima dentro del cual se piensa, se percibe y se habita.
Sin embargo, este ecosistema no es cerrado ni completamente determinado: contiene aperturas, contingencias y posibilidades de desviación. En esas zonas de indeterminación surge la posibilidad de otras formas de coexistencia técnica, de otras cosmotécnicas que reimaginen la relación entre tecnología, mundo y sentido. Un ecosistema cibernético, en su plenitud, es por tanto un espacio recursivo y vivo donde el pensamiento, la materia y la técnica se pliegan unos sobre otros, generando nuevas formas de mundo.
En la contemporaneidad, definida por la modernidad líquida que disuelve certezas e instituciones, el poder se concentra en las corporaciones que controlan los medios de producción, fijando quién puede producir, qué circula y bajo qué condiciones. La nube, presentada como signo de ligereza, es la máscara de una infraestructura industrial que depende de conglomerados empresariales que consumen energía eléctrica, extraen agua para enfriar centros de datos y sostienen su expansión sobre la explotación minera y territorial de comunidades periféricas. Lo que se anuncia como intangible se sostiene en emisiones de CO₂, drenajes de acuíferos y contratos de poder opaco, mostrando que la supuesta transparencia digital descansa en una materialidad desigual y en la concentración real de los recursos productivos. La obra se instala en este entrecruce: un espacio donde lo visible e invisible, lo flexible y lo rígido, lo inmaterial y lo concreto se condensan en una tensión irresuelta que convierte la carencia en recurso y la ausencia en potencia creativa. La promesa de acceso ilimitado descansa sobre costos ecológicos, sociales y productivos negados, y ese antagonismo se transforma en materia sensible, en el territorio desde donde pensar y producir.
Los cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades eran habitaciones o muebles donde la burguesía europea exhibía objetos exóticos como fósiles, conchas o supuestos restos míticos. Precursores de los museos modernos, funcionaban como enciclopedias destinadas a mostrar y comprender el mundo, contribuyendo al entendimiento y desarrollo científico.
Del relato «Estrella Roja, Órbita de Invierno», coescrito por William Gibson y Bruce Sterling en 1983. Kosmogrado es una estación espacial soviética envejecida, convertida en una especie de ruina flotante en la órbita terrestre.
Del relato «Estrella Roja, Órbita de Invierno», coescrito por William Gibson y Bruce Sterling en 1983. Kosmogrado es una estación espacial soviética envejecida, convertida en una especie de ruina flotante en la órbita terrestre.
El laberinto y las máscaras comparten una profunda carga cultural como símbolos universales de búsqueda y transformación de la identidad individual. El laberinto representa el viaje interior, con sus giros y extravíos, mientras que la máscara, en la visión de Jung, es la persona, el rostro social que adoptamos para movernos en el mundo.
Transmigración o el hombre verde: La inevitabilidad del eterno retorno sólo es posible en la conciencia del tiempo. En la eternidad, donde no existe el tiempo, nada puede crecer, nada nada puede llegar a ser, nada cambia. Por eso la muerte inventó al tiempo, para cultivar aquellas cosas que matará. Pasado, presente y futuro son solo la narrativa fluida del ahora.
Dentro de mi cabeza escucho el canto de ballenas galácticas que flotan en el oscuro y profundo vacío. Con estrellas de fondo, el espacio parece más infinito con el canto de las ballenas.
El 90% de los datos son transmitidos por más de 400 megacables de miles de hasta 16.000 kilómetros que conectan más de 11.800 centros de datos en todo el mundo.
Estas infraestructuras, lejos de ser etéreas, ocupan vastos territorios y consumen unos 560.000 millones de litros de agua al año; algunos llegan a usar hasta 19 millones de litros diarios, como el abastecimiento de una ciudad pequeña.
Empresas como Google y Microsoft concentran gran parte de esta demanda, a menudo en zonas con estrés hídrico, intensificando las tensiones entre la expansión digital y los límites ecológicos del planeta.
El mito de la caverna y el mito de la nube, el 90% de los datos son transmitidos por más de 400 megacables de miles de kilómetros atravesando océanos.
Entre módulos refaccionados y clables en mal estado, suena una consola vieja, cinta magnética y policloruro de vinilo en loop. La tripulación graba beats perdidos en el tiempo, como si pudieran comunicarse con una Tierra que ya no responde, que olvidó a su primera viajera. En cada ritmo, se esconden ladridos desde el pasado, orbitando entre los restos de una utopía espacial.
¿Qué sueñan las ballenas? es homónima a la obra de danza contemporánea que entrelaza ciencia, imaginación y archivos para acercarse a los cantos de las ballenas jorobadas y a cómo estos resuenan en nuestra especie. Inspirada en el histórico disco Songs of the Humpback Whale (Roger Payne y Katy Payne) e influenciado por Turtle Dreams (1983) de Meredith Monk, convierte datos e hipótesis en movimiento, vocalización y música, no para imitarlas, sino para aproximarse desde lo posible y lo imaginado. La danza es aquí un intento siempre incompleto de habitar otros cuerpos, reconociendo la distancia entre especies y celebrando el deseo de emprender un viaje. En escena conviven variadas tecnologías y materiales: La musica original del vinilo pasa al casete, al chiptune y el circuit bending. La visualidad contrasta proyecciones grabadas sobre pantalla verde, animaciones generadas por IA, y corpóreos textiles de escala humana que se funden con luces ambiemtales y estroboscopicas. Esta convergencia dialoga con la danza para crear un territorio donde el cuerpo poético, cientifico y tecnológico se buscan, quizá sin alcanzar nunca su destino, ya sea en las profundidades del océano o en la vastedad del espacio.
En el vestíbulo del Hotel Tranquility Base flotan muy cerca del techo delfines cromados que dan vueltas delicadamente por el salón, rodeando candeleros y pilares, mientras mueven sus colas de arriba a abajo.
Una experiencia de realidad aumentada basada en Imagen Tracking permite superponer contenido digital sobre una imagen física específica al ser reconocida por la cámara de un dispositivo. Coral es un afiche que opera con está tecnología.
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